Cesárea: los pros y los contras

Escrito por: el Profesor Doctor Luís Mendes da Graça, obstetra.

La cesárea es la operación que permite la extracción del feto a través de una incisión en el abdomen y en el útero de una mujer embarazada. En las últimas décadas se ha convertido en la intervención quirúrgica más frecuente del mundo industrializado.

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Como se considera una intervención de bajo riesgo, muchas veces se practica sin que exista una indicación médica formal, defendiéndose incluso que se puede efectuar exclusivamente por deseo de la embarazada.

La cesárea es una intervención de gran valor para evitar la muerte o el deterioro del estado del feto y del recién nacido en circunstancias bien definidas, así como para resolver complicaciones producidas durante el trabajo de parto o solucionar problemas relacionados con la salud materna (cardiopatías muy graves, por ejemplo). Por otro lado, sin embargo, puede tener consecuencias serias tanto para el recién nacido (como es el caso de la dificultad respiratorio neonatal incluso en fetos a término completo) como para la madre, inmediatas (hemorragia, infección, lesión de órganos pélvicos, etc.) o en futuras gestaciones (rotura del útero, placenta previa o accreta, necesidad de histerectomía, etc.).

Excepto cuando existe una patología materna y/o fetal grave, son pocas las situaciones que justifican la cesárea antes del inicio del trabajo de parto (cesárea electiva): es el caso de una obvia desproporción entre el tamaño del feto y la pelvis materna, presentaciones fetales anómalas, placenta previa, cicatrices uterinas (cesáreas anteriores, p. ej.) o con el objetivo de prevenir la transmisión de infecciones al feto (VIH, herpes genital activo, etc.). Cabe destacar que, en la cesárea electiva, principalmente si se efectúa antes de las 39 semanas, la morbilidad respiratoria del recién nacido es aproximadamente cuatro veces mayor que en el parto vaginal.

En el grupo de las cesáreas intraparto se deben incluir la mayoría de las situaciones de desproporción feto-pélvica (que solo se pueden diagnosticar correctamente por la ausencia de progresión del trabajo de parto durante su fase activa), los trazados cardiotocográficos no tranquilizantes o patológicos, y las situaciones agudas materno-fetales como, por ejemplo, el prolapso del cordón umbilical y el desprendimiento súbito de la placenta. Las inducciones impulsivas del trabajo de parto contribuyen en gran medida al aumento de las cesáreas innecesarias.

Entre las políticas propuestas para disminuir las cesáreas injustificadas en las gestaciones normales se incluyen: a) No transmitir a la embarazada la falsa noción de que la cesárea electiva es más segura para el feto; b) No inducir nunca al trabajo de parto antes de las 41 semanas; c) Cuando el feto está en presentación pélvica, intentar girar al feto a las 36-37 semanas; d) En los casos de “cesárea a petición”, obtener el consentimiento informado necesario una vez prestada información detallada a la embarazada sobre los riesgos actuales y futuros inherentes a su decisión.

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