Tratar los primeros cólicos

Escrito por: Mário Cordeiro, pediatra. Edición: Iolanda Veríssimo

Conozca los consejos del pediatra Mário Cordeiro para tratar los cólicos del lactante. 

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Probablemente, aún no ha nacido el bebé que se libre de los cólicos durante el primer trimestre de vida, más concretamente entre las tres y las doce semanas.

Estos síntomas surgen en un momento muy inapropiado –cuando ya ha pasado tiempo suficiente como para pensar que va todo sobre ruedas, y en un momento en el que el cansancio físico y psíquico comienza a desgastar bastante a los padres. Por eso, la aparición de los cólicos, que todo el mundo sabe que van a surgir, siempre es un fenómeno indeseable y bastante mal gestionado por parte de los padres.

Los «cólicos de las siete de la tarde» o del final del día, para ser más precisos
El bebé dormía bien, tranquilo, pero ahora parece que se despierta con el mínimo ruido. Tiembla. Abre los brazos. Cierra las manos. Encoge las piernas y se pone muy colorado. A veces regurgita, y llora, desalmadamente. Su expresión es de «infelicidad». Hace pucheros, y ni siquiera se contenta al mamar. Quiere algo y los padres no consiguen entender qué es, lo que hace que aumente su frustración. En ese momento aumentan las llamadas telefónicas y visitas al médico, la administración de preparados anticólicos, piden consejo a los abuelos, amigos, compañeros, para saber si alguien tiene «la solución mágica» que resolverá el problema. Pero el bebé no se contenta con nada, y no consigue decir lo que le pasa.

¿Qué ha pasado ahora que todo iba tan bien? ¿Será una otitis? ¿Cólicos?
Es necesario que los padres entiendan que este tipo de situación sucederá con toda probabilidad. Se trata de una fase de organización del cerebro, que se debe pasar para alcanzar un grado de madurez superior. Como un examen para pasar de curso.

También es necesario que los padres eviten los sentimientos de culpa, por pensar que no están haciendo lo que deben. Es algo normal y forma parte de la vida del bebé, lo ayuda a encontrar niveles más perfectos de organización y de consuelo. A veces se escucha una palabra amiga: «el mío era así y ya se le ha pasado; ya no me acuerdo bien, o incluso, cuando me acuerdo hasta me río de mí misma, cómo es posible que entrara en pánico cuando era un bebé completamente normal». Pero en otras ocasiones los consejos van en sentido contrario: «Ten cuidado, quizá es mejor que vayáis al médico. Haz esto o lo otro. Dale de mamar. No le des de mamar todo el tiempo. Cógelo en brazo. No lo cojas en brazos o lo vas a malcriar con mimos. Coliprev. Colimil. Infacalm. Biogaia. Aero-OM. Ah, y el Infacol que viene de Inglaterra, que es casi como decir que es el propio General Wellington el que viene a ayudar».

Hagamos un paréntesis para plantear una cuestión: vamos a ponernos en la piel del bebé, que acaba de nacer y que aún tiene un cerebro con muchos archivos para rellenar, imaginemos que ya tiene el buffer lleno de información y de estímulos. Lo que el bebé tiene es una sobredosis de estímulos. Necesita relajarse, necesita decir «¡Basta!», decirse a sí mismo «¡Basta!».

Aparece entonces el llanto rítmico, intermitente, que expresa un gran malestar. Quiere dormir, pero es incapaz de hacerlo. Se tranquiliza en brazos, pero en cuanto lo colocan en la cuna comienza a llorar de nuevo con insistencia. Y justo sucede al final del día, cuando la madre está agotada y el padre acaba de regresar del trabajo, cansado porque ya no duerme desde hace varias noches, y los hermanos han llegado del colegio y aún están llenos de energía y corren, saltan y hacen rabietas porque no quieren ir al baño o a la mesa. Parece que el infierno acaba de aterrizar directamente en su casa.

Es necesario mantener la calma e intentar no estimular más al bebé, porque ya está transbordando. Todo aquello que le permita reorganizarse (música, acunarlo, bañarlo en un ambiente tranquilo) le ayudará a reencontrarse. Después comerá y se quedará dormido. Y ese angelito que ven durmiendo tranquilamente en la cuna es el mismo bebé que hace unos momentos parecía tener problemas con todos y con la vida. Y esta imagen de amor y de afecto ante un ser tan pequeño, pero que ya intenta resolver las situaciones él solo, aunque con dificultad, les dará la fuerza interior necesaria para que al día siguiente, y durante algún tiempo, parezca que todo recomienza desde cero. Hasta que su bebé se organice y pase a la etapa siguiente...

¿Cuál es la razón de los cólicos?
Se ha debatido mucho sobre el origen de los denominados «cólicos del lactante». Algunos consideran que se deben al aire que traga el bebé, hay quien diga que su origen se debe a una cierta reacción de intolerancia a la leche de vaca (visto que son más frecuentes en los niños alimentados con sustitutos de la leche materna), o incluso quien defiende que se trata de una reacción natural al estrés del parto y de las primeras semanas de vida. Además, tenemos que tener en cuenta también la inmadurez intestinal que hace que algunos segmentos se «cierren» de vez en cuando, provocando dilatación en los anteriores y dolor. Probablemente todo el mundo tiene algo de razón; es decir, seguramente existen diversas cosas implicadas, aunque el motivo predominante cambie de niño a niño.

El «problema del aire»
Los bebés tragan aire. Esta denominada «aerofagia fisiológica» se da por sentado; es decir, el hecho de que los bebés traguen aire de forma espontánea. Cuando tienen el chupete o cuando simplemente abren la boca, «comen» aire, debido a que aún no tienen bien regulados los mecanismos de coordinación de la respiración y de la deglución.

Por otro lado, si tienen la nariz congestionada en el momento en el que van a mamar tragarán mucho más aire, debido a que tienen la boca y la nariz «tapados» al mismo tiempo. Por eso es importante colocar suero fisiológico en las fosas nasales del bebé algunos minutos antes de darle el pecho, desde la maternidad.

Si el tiempo está especialmente seco, como sucede en verano o cuando se usan radiadores que secan el ambiente, este problema se agrava aún más. También es necesario saber que la nariz de los bebés recién nacidos casi siempre está congestionada, y esto sucede porque nuestra programación genética hace con que estemos preparados para un ambiente que no tiene nada que ver con el actual, desde el punto de vista de las temperaturas, humedades y contaminación. Por eso, la nariz «de hace diez mil años» del bebé pequeño necesita un periodo de adaptación, durante el cual reacciona de la manera que sabe: produciendo secreciones e inflamándose lo que, en una nariz que ya es muy estrecha, provocará aún más obstrucción.

El aire, una vez tragado, dilata el intestino y provoca dolor, además de «empujar» el diafragma y provocar hipo.

La reacción a la leche de vaca
Se ha comprobado que se produce en algunos niños. Este tipo de leche forma parte de las leches comerciales sustitutas de la leche materna que se da a los bebés durante el primer año de vida, y también se encuentra en la alimentación de la mayoría de las madres. Estas reacciones, aunque en general no llegan a ser verdaderas alergias graves, puede provocar cólicos.

El intestino funciona en segmentos que, cuando todo va bien, están coordinados –cuando uno aprieta el siguiente abre, y de esta forma avanza el contenido intestinal. Se les conoce como «movimientos peristálticos».
Estos segmentos intestinales son controlados por los nervios. Mientras el sistema aún no esté maduro –y es conveniente no olvidar que el intestino es uno de los pocos órganos que prácticamente no funciona durante la vida fetal– puede suceder que un segmento se contraiga pero que el siguiente no esté dilatado. Como resultado se produce una dilatación súbita que causa dolor. Esta inmadurez intestinal es otra de las causas de los cólicos del bebé.

El estrés del parto
El parto es, tal vez, uno de los momentos más «fuertes» de la vida de una persona. Pasar de un ambiente tranquilo, caliente, relativamente insonorizado, sin ruidos, en el que se filtran los sonidos, escuchando los latidos del corazón materno, acompañado, envolvente, a un ambiente diferente, más agresivo, menos receptivo, con variaciones térmicas grandes, luz, sonido y otros estímulos, con variaciones fisiológicas muy grandes (expansión de los pulmones, cambios a nivel del corazón, corte del cordón umbilical, etc.). Cada vez que el bebé abre los ojos, recibe una auténtica avalancha de información. Peor aún si el ambiente de casa, que debería ser de tranquilidad y calma, se ve perturbado constantemente por las visitas, teléfonos móviles, ansiedad y otras cosas semejantes. Todo esto constituye un factor de estrés muy grande. Ninguno de nosotros aguantaría probablemente esa carga. Y los bebés tienen que soportarla, por lo que, lógicamente, la tienen que descargar.

El intestino es el órgano objetivo para esta reacción, como lo será durante toda la vida –todos conocemos bien los cólicos antes de los exámenes, antes de las entrevistas de trabajo, cuando nuestros jefes deciden hacernos una visita o cuando decidimos declararnos a nuestra amada (o amado). De ahí el llanto, la necesidad de consuelo, de mimos, de confort, y de ahí provienen también los cólicos, verdadera reacción psicosomática, probablemente una de las primeras de este tipo, de todas las que tendremos a lo largo de la vida.

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